martes, 19 de julio de 2011

JURAJ JULIJE KLOVIC - GIULIO CLOVIO (II)

Autorretrato de Giulio Clovio 1528- Kunsthistoriches Museum Viena

De las abundantes fuentes de las que podemos extraer detalles de la vida de Giulio Clovio, [John W. Bradley -1891, Ivan K. Sakcinski, 1878; G. Vasari, 1568, F. Baldinucci, 1681...], deducimos ciertas curiosas contradicciones.

Una mala salud pero una larga vida

A menudo se comenta que fue un hombre de salud quebradiza con diversos episodios de enfermedad a lo largo de su vida: se rompe una pierna y tiene muchas dificultades para curarse, le prescriben baños medicinales para mejorar sus dolencias, por no hablar de los continuos problemas de vista que le llevarán a someterse a una delicada operación, que él mismo narra con toda crudeza. Estos detalles se conocen no solo por sus biógrafos sino por él mismo que continuamente los cuenta en las cartas que aún se conservan en las que pide ayuda económica a sus patronos para poder ser atendido adecuadamente por los mejores especialistas, lo que antes como ahora, costaba mucho dinero.

Pues bien, a pesar de esa mala salud constante, Clovio vive nada menos que 80 años, lo que es una edad muy avanzada para su tiempo.

Un clérigo que podría no haberlo sido

Otro elemento que puede evidenciar alguna contradicción interna es su decisión de tomar los hábitos, pues es una persona que se relaciona muy bien con las mujeres y hay sobrados testimonios que permiten aventurar que era un hombre “enamoradizo”. Quizás en este caso fueron las circunstancias de la guerra y el sufrimiento padecido las que le forzaron a realizar la promesa de tomar los hábitos y meterse a monje, aunque gracias a la intervención del Cardenal Grimani consiguió al menos la dispensa que le permitió vivir en sociedad y no encerrado en un convento. A pesar de ello, nunca dejó de ser clérigo.

Se relaciona a lo largo de su vida con muchas mujeres, que pueden ser alumnas o amigas. Al igual que muchos otros artistas de la época, frecuenta el círculo de la poetisa Vittoria Colonna que organiza reuniones para hablar de arte y de poesía. En su admiración por la poetisa coincide con Miguel Ángel, que asiste a menudo a las reuniones y al que Clovio considera por encima de todos los pintores y del que reproduce, en miniatura, muchas de sus obras.

También mantiene una estrecha relación con algunas de sus alumnas. Se conserva su correspondencia con una de ellas, Giovanna Clavio, con la que intercambia retratos y le muestra una total devoción:

   "Me he sentido durante muchos días deseoso de hablar de su virtud y su belleza, y quedé muy impresionado por la fama de ambas, cuando M. me mostró su retrato, pintado por vos misma y en tal manera que me di cuenta en la gracia de su rostro, la vivacidad de su disposición, y su excelencia en ese arte del que yo soy profesor.../... Amor y admiración juntos me han hecho mantener retrato junto a mí y cuento cada hora más preciosa, y de lejos la cosa más admirable que he visto... Beso sus admirables manos, ¡Adios!"

Todo parece mostrar esa buena relación que tiene con las mujeres, y en especial con algunas de sus numerosas discípulas.

Giulio Clovio y Sofonisba Anguissola

Una de sus principales discípulas es la pintora Sofonisba Anguissola, a la que ya venimos conociendo desde hace tiempo. De ella ya sabemos que procede de una familia cremonesa, los Anguissola, cuyas seis hijas son educadas en el conocimiento artístico: música, literatura, poesía, aunque es en la pintura donde van a destacar y de entre ellas de modo especial, la mayor de las hermanas, Sofonisba.

El señor Amilcar Anguissola, su padre, una vez que se da cuenta de las dotes de sus hijas para el dibujo y el retrato, empieza a promocionarlas, escribiendo a los grandes de Italia y acompañando sus cartas con algunos dibujos con el objetivo de mostrar sus habilidades y ofrecer sus servicios, siempre resaltando la cualidad de "pintar del natural" lo que significaba que no copiaban, lo que se consideraba un oficio menor. Gracias a esas cartas fueron invitadas a mostrar su arte en las principales cortes italianas; pudieron conocer, entre otros, a los Gonzaga de Mantua y a los Farnesio de Parma y Piacenza en cuya corte Sofonisba tuvo ocasión de conocer al que ya era gran maestro consagrado de la miniatura, Giulio Clovio, de quien recibió lecciones sobre su arte que le serán de gran utilidad para la realización de sus cuadros.

Para demostrar lo que ha aprendido de las lecciones del maestro croata, Sofonisba realiza dos obras de diferentes características: una de ellas es su propio autorretrato en miniatura, en forma de medallón.
1556 - Museum of Fine Arts, Boston

Resulta curiosa la forma que tiene la artista de mostrarse, ya que sostiene un disco entre sus manos en cuyo centro se encuentra un criptograma con las letras del nombre de su padre, Amilcare, y alrededor una banda dorada sobre la que escribe información sobre ella misma: que se llama Sofonisba, que está soltera, que es de Cremona y que ha pintado el retrato del natural, con ayuda de un espejo. De esta forma toda persona que vea la pintura sabrá que se trata de una obra realizada por ella misma.

SOPHONISBA ANGVSSOLA, VIR[GO], IPSIVS MANV EX [S]PECVLO DEPICTA - CREMONAE

El segundo testimonio de su relación con el miniaturista es mucho más evidente ya que se trata del propio Retrato de Giulio Clovio, que la pintora realiza hacia 1556 en agradecimiento por las lecciones recibidas. Como demostración de su aprendizaje retrata al pintor mostrando un medallón en su mano izquierda en el que se reconoce un retrato en miniatura que se ha venido afirmando que se trata de una de sus alumnas favoritas, la miniaturista flamenca Levinia Teerlink, retratista en la corte inglesa. Estudios más recientes apuntan a que la mujer del medallón pueda ser la propia Sofonisba que se autorretrata en miniatura, lo que resulta más plausible dadas las dificultades existentes para encontrar el momento en que la flamenca Teerlink pudo ser discípula de Clovio.

En el retrato presenta al pintor de cerca de 60 años luciendo un curioso gorro negro, sentado en un sobrio sillón de brazos de madera torneada delante de una mesa en la que apoya su mano derecha en la que sostiene un fino pincel apenas perceptible en la reproducción, mientras en la izquierda sostiene el medallón que muestra de forma ligeramente oblicua al espectador hacia quien también vuelve su rostro.
Giulio Clovio por Sofonisba Anguissola. Hacia 1556 

El gesto de mostrar el medallón con la miniatura, Sofonisba Anguissola lo volverá a utilizar años después en el Retrato de cuerpo entero de Isabel de Valois (Museo del Prado) que sostiene en su mano derecha el retrato en miniatura de su esposo, obra que pinta en 1565 cuando se encuentra en la Corte española.


Giulio Clovio y el Greco

Cuando se ve por primera vez el retrato de Giulio Clovio realizado por Sofonisba, se tiene la sensación de haberlo visto ya, pues tiene una disposición que nos resulta conocida ya que es similar a la del mucho más conocido retrato que el Greco hizo del mismo personaje, quince años después.

El Greco realiza el retrato de Giulio Clovio entre 1570 y 1572 para agradecer al miniaturista su amistad y la protección que el clérigo le presta cuando desde Venecia decide desplazarse a Roma con pocos amigos y escasos medios de subsistencia.
Giulio Clovio por el Greco. Museo de Capodimonte. Nápoles 1570-2 

Aunque El Greco lo pinta en Roma, el retrato recuerda el colorido veneciano. Clovio tiene unos setenta y cinco años; cabellos blancos aunque las cejas mantienen su color castaño los ojos llorosos y los párpados algo enrojecidos afectados por la enfermedad, según Vasari debida a la edad y a la práctica de la miniatura.

Al igual que Sofonisba Anguissola, El Greco presenta al personaje en la misma disposición, de medio cuerpo, sentado, con el rostro vuelto hacia el espectador y señalando con su mano derecha el libro que sostiene en la izquierda; en este caso se trata de la que ha sido considerada su obra maestra: el Libro de Horas de la Virgen que realizó durante nueve años para el Cardenal Alejandro Farnesio.

Si observamos la imagen más de cerca vemos que representa dos páginas que se encuentran realmente en el Libro, una de las cuales, la izquierda, reproduce la escena de la creación del sol y la luna que pintó Miguel Ángel para la Capilla Sixtina.
Giulio Clovio - Páginas del Libro de Horas de la Virgen del cardenal Farnese
Miguel Ángel Buonarroti - Bóveda Capilla Sixtina 

El agradecimiento y la admiración de El Greco hacia Giulio Clovio no solo queda acreditado por este retrato sino también por el homenaje que le dedica incluyéndolo en el grupo de los que considera los grandes pintores de la época: Tiziano, Miguel Ángel y Rafael, al pie de "La expulsión del Templo" que conserva el Instituto de Arte de Minneapolis.
El Greco. Expulsión de los mercaderes del templo. 1571. Instituto de Arte de Minneapolis

El Greco. Expulsión de los mercaderes del templo. (Det.) 1571. 

En cuanto al inicio de la relación de Giulio Clovio con el entonces joven pintor griego, es conocida la carta que el 16 de noviembre de 1570 Clovio le escribe a su mecenas el Cardenal Alejandro Farnesio, para encomendarle a su protección:

  "Acaba de llegar a Roma un alumno de Tiziano, un joven candiota, el cual, a mi parecer, es del pequeñísimo número de aquellos que sobresalen en pintura; y entre otras cosas ha hecho un autorretrato que ha llenado de admiración a todos los pintores presentes en Roma. Yo desearía vivamente colocarlo bajo Vuestra Santa Ilustrísima y Reverendísima protección, siendo solamente necesario ayudarle a vivir, alojándole hasta que logre salir de su penuria…
Don Giulio Clovio."

Dos retratos que han tenido diferente consideración

Estamos ante los dos principales retratos que han llegado a nosotros de Giulio Clovio, uno de los cuales es claro antecedente del otro, pues con toda seguridad el Greco tuvo ocasión de conocer en la residencia de su protector en el Palacio Farnese de Roma el retrato realizado por Sofonisba, en el tiempo en el que habitó en dicho palacio y habría que añadir que el retrato debió gustarle ya que incorpora la misma disposición al suyo cambiando el formato vertical por el horizontal y algunos de sus elementos circunstanciales. Una diferencia significativa es la ausencia de gorro en el retrato de El Greco que parece mostrar una menor formalidad en su tratamiento, probablemente debida a la relación de  convivencia de ambos pintores.
Sofonisba Anguissola 1556                                                                   El Greco 1570-72
  
Pese a esta evidente relación de dependencia entre ellos, no deja de resultar sorprendente que hayan tenido tan diversa consideración y tratamiento en la Historia del Arte ya que mientras el Giulio Clovio de El Greco es sobradamente conocido y siempre citado entre sus obras italianas, el de Sofonisba Anguissola no figura en ninguna biografía del artista ni, por supuesto, se menciona como precedente  del realizado por el pintor griego, ni de una posible relación entre ambos retratos.

Después de siglos de olvido, la hagiografía construida sobre El Greco durante el S.XX no parece permitir relacionarle con nadie que no se encuentre entre los considerados "grandes", hombres, por supuesto. Se estudian sus antecedentes Tizianescos, la influencia de Tintoretto, del Correggio, incluso de los Bassano, pero nadie se ha ocupado de su posible relación con esta "italiana que pinta" y que algo bueno haría cuando es llamada a prestar sus servicios en la Corte más influyente y poderosa de la época, la de Felipe II.

Las obras de Giulio Clovio se reparten en la actualidad por las principales Bibliotecas, Museos y Librerías del mundo, aunque se dice que algunas de las que figuran a su nombre de sus últimos años, eran realizadas bajo su supervisión por sus alumnos, pues la vista ya no le permitía seguir pintando tantas miniaturas como se le atribuyen.

En Madrid, el Museo Lázaro Galdiano posee una Sagrada Familia con Santa Isabel y San Juanito, de 24 x 17 cm. pintada con temple y oro sobre pergamino, que Clovio pintó por encargo de Ruy Gómez de Silva, gentilhombre de cámara del entonces príncipe Felipe, en 1556 para ser regalada a Carlos V. Pintó también otra otra obra similar para el mismo cliente, como regalo para su esposa, la Princesa de Éboli, que se conserva en el Museo Marmottan de París.


Termino este artículo igual que lo comencé con un Autorretrato de Giulio Clovio al final de su vida, en el que en lugar del perrillo que le acompañaba al principio aquí se vislumbra la imagen de una misteriosa mujer, que podría ser una santa protectora o quizás un amor imposible a quien quiso rendir este último homenaje.
En él aparece la firma que utilizaba en sus últimos tiempos:

D. GIVLIO CLOVIO - MINIATORE



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